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Agresividad canina

Agresividad canina

 
Recientemente se han publicado en prensa escrita noticias tales como que cinco valencianos sufren ataques de perro, gato o hámster a la semana (el 70% son debidos a perros), o que la universidad de Córdoba ha realizado un estudio en el que concluye que son los propietarios los principales responsables de los ataques por dominancia o competencia de sus mascotas. Sin embargo, aunque los propietarios de perros saben que a diario se dan episodios que podrían considerarse agresivos protagonizados por perros, no les damos importancia hasta que vemos una noticia en la televisión donde se hace hincapié en el lado morboso del suceso.

Cuando pensamos en un perro agresivo, nos imaginamos a un perro grande, seguramente de alguna de esas razas apuntadas como potencialmente peligrosas y al que nadie se puede acercar excepto el propietario. Sin embargo, todos conocemos algún perro que realiza algún tipo de comportamiento “inadecuado”, como ladrar si se le acerca alguien desconocido, gruñir a otros perros, no dejar que nadie le quite un hueso o que, cuando está en brazos de su propietario muerde a quien intente tocarle. Incluso recordaremos alguna situación en la que nuestro propio perro hizo un mal gesto al veterinario. Entonces, en todos estos casos (y otros muchos), ¿están implicados perros agresivos?

Para responder a esta pregunta tenemos que redefinir qué es la agresividad canina o, más bien, definir qué es la conducta agresiva en los perros. Cuando hablamos de cualquier especie, entendemos que hay unos comportamientos específicos para criar, para alimentarse, para relacionarse con la misma especie o con otra diferente, para jugar, etc. Así mismo, la conducta agresiva se trata de una serie de comportamientos naturales cuya función es facilitar la comunicación entre individuos (reclamar unos recursos, defenderse frente a situaciones amenazantes o resolver una disputa) evitando lesiones que puedan llevar a la muerte de alguno de los individuos. Podría decirse que los ladridos, gruñidos y enseñar los dientes de los perros equivalen a nuestras conversaciones, subidas de tono y enfados antes de una discusión (o mordisco, según se mire).

Del mismo modo que nosotros discutimos por múltiples motivos, los perros muestran conducta agresiva en muchas situaciones. Existen numerosas clasificaciones en función de: si va dirigida hacia personas (conocidas o desconocidas) o hacia otros perros (conocidos o desconocidos), de la motivación (protección de un territorio, por miedo, depredadora, maternal, por protección de recursos como juguetes o un propietario, etc.), si es ofensiva o defensiva, etc. Un perro puede querer conservar ese hueso que le hemos dado, estar asustado en la mesa del veterinario, dolerle la boca cuando le tocamos la cara, intentar delimitar un territorio para criar, etc. Los motivos son muy variados, desde el miedo, al dolor, al instinto sexual o incluso el deseo de poseer. Por ello no todas las conductas agresivas deben tratarse ni llegan a ser problemáticas, sino naturales y adecuadas dentro del contexto en el que suceden.

Entonces, ¿qué hacemos con un perro que intenta morder? Como siempre que estamos ante una pregunta, lo primero es saber por qué quiere mordernos. Anteriormente hemos hablado de la enorme variación de motivos para que un perro pueda llegar a mostrarse agresivo. Sin embargo, en muchas ocasiones el propietario de un animal agresivo no es capaz de responder con seguridad a esta pregunta, por lo que la labor de un veterinario empieza a ser imprescindible. Como norma general, lo primero que se debe hacer es descartar que exista una causa orgánica para esa agresividad, como por ejemplo pudiera ser una afección que provocara dolor, un problema neurológico que alterara el comportamiento o un problema endocrino que aumentara o disminuyera determinadas hormonas. Si se detecta una causa orgánica se pondrá el tratamiento adecuado y en general se resolverá el problema. Pero si la causa no es orgánica, el veterinario debe llegar a diagnosticar cuál es el factor que desencadena la agresión. Hará gran cantidad de preguntas al propietario, familia o personas a que conviven con el animal. Verá cómo se comporta en la consulta e incluso puede ser necesaria la presencia del veterinario en el lugar donde vive el animal. Con todos los datos que recabe llegará a un diagnóstico presuntivo del tipo de agresividad con el que nos enfrentamos y podrá actuar en consecuencia instaurando el tratamiento más adecuado según el caso. Para tratar este problema se utilizará técnicas para conseguir la variación de las pautas de comportamiento con o sin ayuda de tratamiento farmacológico. Eso quiere decir, que va a ser fundamental para resolverlo que el propietario se implique de manera profunda en todo el proceso necesario para cambiar las pautas de comportamiento del animal. Una pastilla nunca resolverá un problema de comportamiento, solo mitigará las manifestaciones del problema mientras se esté dando esa pastilla.

Un factor a tener en cuenta es el tamaño del perro, ya que el daño potencial que puede causar un perro de cierta envergadura es mayor que si se trata de un perro pequeño. Esta diferencia puede hacer que sea inaceptable cierto tipo de tratamiento y sea necesario otro tipo de enfoque.

Si se trata de una agresividad de un macho hacia otros machos a partir de la pubertad, podría tratarse de un problema sexual y podría aconsejarse la castración.
Si es nuestro perro de toda la vida que nunca se deja quitar ese juguete especial o ese hueso de piel, fácilmente se tratará de una agresividad por posesión de recursos y requerirá terapia comportamental. Si nuestro querido compañero de 14 años empieza a gruñirnos cuando intentamos tocarle ciertas zonas del cuerpo o nos ataca sin previo aviso ni causa aparente, podría tratarse de una agresividad por enfermedad, que debe ser diagnosticada y tratada.

Aunque podemos tratar estos casos de conductas agresivas inadecuadas, el mejor tratamiento es PREVENIR. Esto no sólo nos evitará grandes dolores de cabeza y algún que otro problema legal, sino que ayudará a nuestro animal de compañía a adaptarse mejor a nuestro entorno. Si acabamos de coger un cachorro, al mismo tiempo que le enseñamos dónde orinar y defecar y con qué jugar, debemos enseñarle que nuestras manos (y nuestro cuerpo en general), no son objetos para morder ni tampoco el origen de golpes a los que temer. Tenemos la oportunidad de enseñarle a nuestro perro a respetarnos, pero sin temernos. Para ello debemos desechar las antiguas creencias y adoptar las nuevas, que se han establecido por ser mejores en todos los aspectos. Se trata de usar la palabra (“No”, por ejemplo), el aislamiento social (dejarlo solo, sin contacto con la familia) y la perseverancia como armas para corregir las conductas agresivas de nuestro perro. Son éstas mejores armas que un cachete o un grito, ¡y mucho más efectivos! (Estudios recientes demuestran además que los perros educados con castigo físico, son más propensos a mostrar conductas agresivas en situaciones conflictivas.)

Si ya tenemos a un perro adulto que muestra conductas agresivas, el primer paso es acudir a un veterinario especialista en comportamiento (nuestro veterinario habitual también nos puede aconsejar según la gravedad de la situación), para disponer de un diagnóstico acertado y poder aplicar las pautas y tratamiento más adecuados en cada caso. Como ya mencionamos anteriormente, un perro que gruñe puede tener muchos motivos y el tratamiento es diferente para cada caso.

Recordad que tenemos perros para disfrutar de ellos y con ellos, no para sufrir cuando venga el nieto a casa o al cruzarnos con otros perros por la calle. Del mismo modo, nuestras mascotas no son felices cuando tienen miedo o están nerviosas. En nuestra mano está convivir con una mascota educada y feliz.

Cristina Garcia
Responsable del Area de Etología del Hospital de Día Vetersalud Segovia